"Dejen a esos niños y no les impidan que vengan a mí,
porque el Reino de los Cielos es de los que se asemejan a los niños".
Mateo 19:14
porque el Reino de los Cielos es de los que se asemejan a los niños".
Mateo 19:14
“Manchando al niño con lavandina
Julián, mi hijo menor, tendría 11 años cuando le pedí que fuera al almacén a hacer un mandado: comprar lavandina.
- Decíle que te ponga dos bolsas. – le dije. – Así no se te rompe ni se te cae y no te manchás.
Julián se subió a su bici, me pidió que le regalara el vuelto y fue a cumplir con su colaboración para el sano desarrollo de la vida familiar.
Yo empecé a cocinar, dejando la tarea de poner en remojo el trapo rejilla para cuando mi hijo volviera con el líquido que todo lo puede. Pero Julián tardaba más de lo esperado.
Cuando me asomé a la puerta para ver si lo veía venir, entendí por qué tardaba: la bici en la mano, el pantalón con manchas blancas y en la mano una botella de lavandina.
- ¿Qué pasó, Juli? ¿Cómo te manchaste? – le pregunté.
- Es que el tipo no me quiso dar otra bolsa, entonces cuando llegué a la esquina se me rompió y se me cayó y me salpiqué, así que volví al almacén y le dije lo que me había pasado por su culpa y el tipo me dijo que por qué había ido en bicicleta.
Julián masticaba su bronca en cada palabra. Yo también.
Los dos sabíamos que si la del mandado hubiera sido yo, el almacenero me hubiera dado dos bolsas.
Eligiendo la peor verdura para el niño
Otra vez Julián, esta vez en la verdulería, dispuesto a cumplir con la misión de traer un kilo de papas y un kilo de manzanas.
-Pero que sean lindas, Julián.
- ¿Y qué es una manzana linda?
- Elegí las que no tengan manchas, que estén bien coloraditas, que no estén como blandas.
- Ah.
- Y las papas no demasiado chicas.
Julián se va, Julián vuelve, yo saco de la bolsa las manzanas y las papas.
Otra vez sucedió: las manzanas más paposas y magulladas y las papas más pequeñas.
- ¡Qué querés, si no me dejó elegir!
Pude imaginarme claramente la cara de la verdulera liberándose de su peor mercadería gracias a Julián.
El niño, la niña
El niño y la niña preguntan, juegan, observan los modelos que desfilan frente a ellos. La niña y el niño sacan conclusiones, actúan, se callan la boca. Hacen lo que se les permite y lo que no se les permite también. Nos causan ternura e impaciencia. Nos maravillan y nos cansan. Nos sentencian sin quererlo, con sus frases espontáneas. Nos acusan queriendo entre hipos y llantos. Hacen que los veamos. A veces lo logran. A veces no pueden con esa manía de la gente adulta de mirar para otro lado.
El niño, la niña. Porvenires creciendo. Ciudadanos del Reino de la Tierra. Para el reino de los cielos, si es que existe, falta mucho todavía.” (Fela Tylbor, escritora, docente y amiga. Puerto Madryn 2006)
Fela escribe un libro en el ciberespacio, “El libro del aire”, del cual me tomé la libertad de escoger una página. En la misma está reflejado muy claramente el problema del cual quiero hablar, si bien quiero enfocar la relación que existe entre los docentes en particular y los adolescentes que concurren a los colegios. La página que escogí refleja la relación que se da entre los niños / adolescentes y los adultos en sus encuentros casuales y cotidianos, que tienen mucha similitud con los encuentros en el aula. En los mismos se da una cuota de violencia (conductas agresivas) muy sutil casi imperceptible y sobre la cual no encontré mucho escrito, pero al igual que mi amiga y escritora he observado en muchas situaciones cotidianas, la falta de respeto hacia los más chicos. Quiero dejar en claro que no me considero “la excepción”, he cometido muchas faltas con mis alumnos, pero debido a muchas situaciones personales pude reflexionar sobre el problema y me propongo que podamos reflexionar sobre el tema, sobre todo, aquellos que trabajamos con y para los niños y adolescentes, para tratar de ir modificando estas “conductas agresivas”, que son ni más ni menos, aquellas que tan mal nos ponen.
Yo me pregunto: si en la mayoría de los casos, no somos nosotros los adultos que convivimos con nuestros alumnos, los que causamos sus frustraciones. Digo que aquellos en quien la sociedad confía para que los eduquemos, caemos en los mismos errores en que cae toda la sociedad y prejuzgamos. Prohibimos porque sí, porque “tenemos el poder”, porque “nos molesta que nos cuestionen y tengan razón”, porque “no nos gusta que dar expuestos ante los demás”
Con mis observaciones pretendo poner en discusión lo que nosotros hacemos desde nuestros lugares como adultos y desde el lugar de poder en el que nos coloca el Estado al nombrarnos docentes. Como docentes entramos en conflicto, porque nuestros alumnos no son las blancas palomitas que éramos nosotros. Nuestros alumnos son gorriones, se mueven en libertad. Hijos de padres criados y educados en el proceso (Gobierno Militar del Argentina, 1976/1983) que pensaron que poner límites era autoritario, o bien familias monoparentales, donde la jefa de la familia es la madre y tiene serias dificultades al poner límites a un adolescente. En las entrevistas escolares lo plantean muy claro “no sé que hacer con el chico/chica”. Pero estos gorriones no siempre son concientes que son sujetos de derecho y como tales deberían exigirlos. Algunos de muy malas maneras, a veces equivocados, debido a su egocentrismo nos tratan mal o nos insultan, pero muchas veces nos enfrentan con realidades que no nos gustan y a las cuales no tenemos respuesta. “Por qué me tengo que sacar la gorra si en la preceptoría todos fuman y está prohibido fumar en los edificios públicos” y a esto no tenemos respuesta como a tantos otros cuestionamientos. Lo cual nos coloca en una situación incomoda. Y no podemos “bancarnos” la incomodidad, será por eso que muchas veces respondemos en forma agresiva a nuestros alumnos, o hablamos de la violencia escolar de nuestros alumnos. La falta de sentido de autocrítica muchas veces nos coloca en una posición en la cual usamos todo nuestro poder y en forma muy sutil para callar a ese gorrión insolente. Manejamos muy bien nuestro discurso, no levantamos demasiado la voz, pero somos muy hábiles para “hacerles bolsa” la autoestima a nuestros pequeñuelos que se atrevieron a cuestionarnos en forma insolente. La violencia escolar existe y tiene múltiples manifestaciones y causas, pero nosotros no somos ajenos.
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