Generalmente cuando uno lee una planificación, proyecto áulico o cualquier teoría sobre educación encuentra metas donde hablan de formar “un individuo reflexivo y crítico”, pero es una intención que queda en los papeles. Bohoslavsky rescata los movimientos estudiantiles de fines de los 60 principio de los 70 y aclara que dichos movimientos representaban una forma de protesta contra las formas de llevar a cabo la enseñanza. Son innegables los avances logrados hasta la fecha, pero después de eso nos pasó por encima el “proceso militar”, gobiernos de tránsito que hicieron muy poco al respecto e impusieron modelos importados a través de una nueva trasculturización desde los centros de poder.
A pesar de los grandes cambios sociales, el texto de Bohoslavsky mantiene una increíble vigencia. Él nos dice que el vínculo que se establece entre el docente y su alumno tiene las siguientes características:
ü El profesor sabe más que el alumno.
ü El profesor debe proteger al alumno de cometer errores
ü El profesor debe y puede juzgar al alumno
ü El profesor puede determinar la legitimidad de los intereses del alumno
ü El profesor debe y/o puede definir la comunicación posible con el alumno
Esto, a pesar de los cambios en los discursos, continua vigente. Hay un texto en el artículo de Bohoslavsky que hace 20 años me conmovió sobremanera y aún sigue haciéndolo, lo voy a transcribir a continuación:
“.... se espera que un estudiante de Cal State sepa cuál es su sitio, llama a un miembro de la facultad, señor, doctor, profesor, sonríe y se pasea a la puerta del despacho del profesor mientras espera permiso para entrar; la facultad les dice qué curso seguir, se les dice qué leer, qué escribir y frecuentemente donde fijar los márgenes en su maquina de escribir; se le dice qué es verdad y qué no lo es. Algunos profesores dicen que alientan a los disidentes pero casi siempre mienten y los alumnos lo saben. “Dile al hombre lo que quiere oír o te raja del curso”.
“(.....) Ese día otro maestro comenzó informando a su curso que no le gustan las barbas, los bigotes, el pelo largo en los muchachos, los pantalones en las chicas y que no tolerará ninguna de estas cosas en su clase. Todavía más desalentador que este enfoque estilo Auschwitz de la educación, es el hecho de que los estudiantes lo aceptan, no han pasado por diez años de escuela pública en vano, una cosa es lo que aprendieron en estos años; han olvidado su álgebra, tienen una idea irreparablemente vaga de química y física, han llegado a temer y odiar la literatura, escriben como si se les hubiera hecho una lobotomía, pero ¡¡Jesús, qué bien saben obedecer órdenes!!. Por lo tanto, la escuela equivale a un curso de doce años de “como ser esclavo” para niños blancos y negros por igual.
¿Cómo explicar de otro modo lo que veo en una clase de primer año? Tienen la mentalidad de los esclavos, obsequiosa y zalamera en la superficie. Hostil y resistente por debajo. Entre otras cosas, en las escuelas se lleva a cabo muy poca educación. ¿Cómo puede ser de otro modo? No se puede educar a esclavos, sólo se puede adiestrarlos o - para usar todavía una palabra más horrible y adecuada -, sólo se puede programarlos”.
Farber, Jerry. El estudiante es un negro, en Hopkins, Jerry. El Libro Hippie, Ed. Brújula, Bs. s. 1969. págs. 186 y ss.
El texto es muy duro, a pesar de que debemos recontextualizarlo en el tiempo, en el medio y nivel de educación. De todos modos quiero rescatar algunos aspectos, como por ejemplo, los jóvenes rebeldes como Jerry Farber son los padres y los docentes de nuestros adolescentes y si bien hay cambios en “las formas” en el fondo se repiten historias: “Los alumnos no pueden entrar en bermudas o pescadores, las alumnas no pueden usar “tops” mostrando los ombligos porque estamos en una escuela”, etc. Son frases que escuchamos a diario. Me gustaría ver las caras de mis colegas cuando se presenten dos padres o dos madres de un alumno, cómo reaccionaremos ante estos nuevos modelos de familia. Pareciera que no se ha avanzado en el campo social lo mismo que en las estructuras de la personalidad, le dejo la búsqueda de respuestas a la Psicología.
El otro aspecto que quiero rescatar, que para mi es el más importante: Se trata de la tendencia que tenemos los docentes a establecer vínculos totalmente verticales, clases armadas y preparadas rigurosamente donde no se nos puedan escapar nada de nuestro control. La comodidad que da el ser tratado a distancia, o gratificaciones narcisísticas derivadas de la suposición o percepción de los alumnos de una expectativa de omni – sapiencia referida a nosotros, los docentes.
Lo más grave para mí de la situación actual, es que en los años 60 los docentes estaban convencidos de que eran “superiores” a sus alumnos, por lo tanto, debemos reconocerlo, eran sinceros y tenían su coherencia entre la acción y el discurso. Hoy en día, los discursos han cambiado pero no las intenciones, entonces entramos en contradicción. Decimos educar para librepensadores, pero cuando nuestros alumnos nos cuestionan con algún fundamento le bajamos la autoestima de un palazo. Ejercemos la violencia a través de nuestro mejor manejo del “doble discurso”. Ningún docente hecha a los alumnos de sus clases (o casi ninguno), como ocurría con nosotros “los mayorcitos”, pero no le damos la más mínima posibilidad para crecer juntos.
Y por último para sacarle el jugo al texto que nos acercó Bohoslavsky y a las propias reflexiones de Bohoslavsky sobre este tema, lo que más me llamó la atención es el papel sumiso de nuestros alumnos, cuando en realidad, las imágenes que manejamos los docentes son totalmente contradictorias. Los insultos de parte de los adolescentes son moneda corriente en el aula, pero claro, sólo algunos pueden manifestarse, a través de verdaderas agresiones. A la mayoría les falta lo que los adultos llamamos urbanidad, es decir actúan espontáneamente y no diferencia si están ante un par o ante un docente. Frente a este estado sutil de sometimiento que ejercemos los docentes en el aula, los agresivos no son la mayoría pero sí son los que más se notan, ¿qué pasa con la mayoría silenciosa? Este no es una evaluación cuantitativa, ni está entre mis propisitos cuantificar la proporción de alumnos con actitudes violentas. Se basa observaciones cualitativas, pero a lo largo de 24 años de docente he sentido en carne propia lo que nosotros representamos para los alumnos. Al hacer una broma, para mí, inocente, es tomada por el alumno como ley y le da una interpretación totalmente distinta. La palabra del docente es ley dentro del aula. Por más que nuestra apreciación sea, que no nos escuchan o que distorsionan lo que escuchan (algunos lo hacen para "safar").
Retomo las palabras de Bohoslavsky, cuando dice que cualquier intento de cambio encuentra resistencias en los docentes, pero en mayor grado se encuentran en los alumnos, porque han pasado años estableciendo una comunicación dual e hipócrita entre la idealización del que enseña como fuente inagotable de sabiduría contrapuesta con el rechazo que fomenta la forma autoritaria (si no en lo aparente por lo menos en lo latente). Tal vínculo dual fomenta una complementariedad entre profesores y alumnos y aún aquellos que más radicalmente se oponen a un sistema autoritario en otras esferas de la vida social, perpetúan en detalle el verticalismo y se resisten a sustituirlo por un vínculo simétrico de cooperación complementaria, en que la autoridad no derive del rol y donde la competencia por el rol y el poder que representa sea sustituida por una verdadera competencia en cuanto al conocimiento, como algo “a crear entre”. Si bien en la actualidad hay cambios importantes que tampoco han ayudado a pensar la educación como una construcción cooperativa. Por un lado la labor docente ha sido desvalorizada, pasando por dictaduras primero y luego por gobiernos de transición que no pensaron en la educación como una inversión a largo plazo y siempre quedó relegada a un segundo plano y hasta se la consideró como foco de subversión. Cambios de paradigmas sociales “los niños son sujeto de derechos” y “la sociedad no sabe bien que hacer con ellos”. Hay un terrible enfrentamiento entre poder político y la sociedad respecto a como debemos tratar a los niños y jóvenes frente la creciente agresividad de estos últimos, la que se manifiesta tanto en las calles como en la escuela y a la que el docente no es ajeno. Pero son muy pocos los que pueden pensar en sus alumnos como “sujetos”, porque frente a la rebeldía creciente de nuestros niños reaccionamos, como ya lo mencioné, en forma agresiva, sutil pero agresiva al fin. En síntesis tratamos de sacarnos “el problema de encima”.